Hace justamente un año, aprovechando el ferragosto, fui a ver una excelente película argentina: Whisky Romeo Zulú. El comentario que hice en el blog de Zampando cine decía así: "Mi duda es ¿esto solo pasa en los países del sur? ¿las compañías de bajo coste no operan también en los países ricos? ¿todo marcha bien por acá? ¿el que nadie denuncie, o si hubiera denuncias, el que no aparezcan en los medios significa que todo marcha bien? ¿si la predicción es de más accidentes y yo llevo tantos años sin montar en avión, para qué leshes me estoy planteando empezar ahora a volar?".
La peli denuncia una realidad -los accidentes aéreos por la falta de seguridad y de controles- desde el prisma de una de las personas implicadas en lo que sucedió y que es a la vez guionista, director y actor protagonista. Dejando a un lado la crítica estrictamente cinematográfica, mi amigo Pierfrancesco Orsini, en el mencionado blog, escribía lo siguiente un 14 de agosto de 2007: "Con todo, lo que me parece más interesante de la película es la claridad con la que se enuncia cuál es la esencia del problema. La empresa aérea, para subsistir ha de crecer, para crecer ha de disminuir costes, para ello debe prescindir de ciertos controles…, etc. Lo que vemos todos los días: los muertos en la construcción en progresión directa a la precarización del empleo, los accidentes de los ferrocarriles británicos en incremento desde su privatización, … la lógica del capital."
De un tiempo a esta parte cerramos los ojos, pero el auge de las compañías de bajo coste y de los vuelos baratos siempre deja un poso de inseguridad en una pregunta tan vieja como simple: ¿quién regala duros a cuatros pesetas? Las víctimas de esas estafas tan evidentes deberíamos reclamar en cada país, cada cual con su moneda, controles y reglamentos particulares, que los Estados se apliquen el cuento y asuman los debidos controles de los estafadores.
El azar existe, naturalmente, pero a él solo debe recurrirse cuando, previamente y sin lugar a dudas, se han eliminado las causas tasadas e incontrovertibles de los accidentes. El ser humano falla, las máquinas también, pero la seguridad no puede estar al albur del incumplimiento de protocolos.



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