En el año recién concluido, dos conversiones al catolicismo han sido aireadas por la prensa. Se trata de Anthony Blair y de Mercedes Aroz, ambos procedentes del campo de la socialdemocracia, si bien la última, la senadora más votada de la historia del Senado español, además de fundadora del PSC, sus orígenes se remontan nada menos que a la Liga Comunista Revolucionaria. Que yo recuerde, sonadas fueron también las conversiones de tipos tan esperpénticos como Sánchez Dragó y Arrabal.
En esto de las conversiones se juega, como en todo, de modo interesado. Me explico. Cuando las sociedades tienden a sacudirse el lastre que ha supuesto y supone, -posiblemente por muchos años todavía- la religión, van unos cuantos personajes notorios y fichan por el equipo perdedor, aunque todavía de primera división, a ver si levanta un poco de cabeza y no se hunde en el pozo de la segunda o tercera división. Siempre hay un incauto a mano.
A mí, la verdad sea dicha, me la refanfinfla, si no fuera por un pequeño detalle. Algo que, en puridad, debería pertenecer al ámbito estrictamente personal e íntimo, como es esa cosa etérea de abrazar una fe, sea la que fuere, se convierte, por obra y gracia de la santa alianza entre los protagonistas y la prensa, en un publirreportaje urbi et orbi. O sea, un acto más de propaganda gratuito.
Aunque conversión, conversión, sería que el PSOE le hiciera caso, de una puñetera vez, a su diario de cabecera, que le aconseja defender la “secularización estricta “ del Estado y “abordar sin dilación” las relaciones con la Iglesia católica. Si tal suceso llegara a acontecer, fuese o no camino de Damasco, la caída del caballo sería absolutamente providencial para este país que, finalmente, entraría por siempre jamás y para no volver atrás, en el siglo XXI.
De todas formas, siempre que tengo que hacer referencia a los obispos españoles ultraconservadores (aunque el calificativo puede que sea redundante), no sé por qué, me acuerdo del poema de Silvio Rodríguez:
Si me dijeran pide un deseo,
preferiría un rabo de nube,
un torbellino en el suelo
y una gran ira que sube.
Un barredor de tristezas,
un aguacero en venganza
que cuando escampe parezca
nuestra esperanza.




Lo último comentado