Tenía 16 años. Probablemente, su cabeza lucía una cresta pintada de colores y de su oreja izquierda pendía un zarcillo reducido que resaltaba su bello rostro. Alguna vez había visto documentales de La 2, de esos que los adultos dicen que ven para quedar bien, porque su profesor de sociales solía pedirles trabajos basados en ellos. Fue a la contramanifestación para repudiar a quienes odiaban al inmigrante y al diferente. Su mejor amigo era ecuatoriano. Era un muchacho culto, alegre y solidario. Tenía toda la vida por delante y se la segaron con un machete. Los de siempre.
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El machete
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