El cine y Brassens


Alguna vez he pensado que si yo fuera amigo de un director de cine, le recomendaría que antes de dar por concluida una película se dejara asesorar por algunos de aquellos cinéfilos que se sabe que después, indefectiblemente, la pondrán a parir. No para cambiarla absolutamente, pero sí para mitigar ese encuadre, esa narración, ese final, ese personaje que no acaba de cuajar. Cierto que, como no podría dejársela ver a todos ellos (¿por qué en este género de la crítica abundan más los hombres que las mujeres?), aunque hiciera caso a alguna de las observaciones, siempre habría otros tantos a los que no agradaría ni la película ni las modificaciones realizadas.

Pero, quizás, mi consejo no fuera tan pertinente y lo mejor es hacer tu propia película sabiendo que haga lo que haga es igual, todo lo consideran mal, que diría Brassens en la versión de Paco Ibáñez (aquí se puede consultar la letra en francés y español) y que he recordado al ser mañana el día de la denominada fiesta nacional (¡!).

Es muy posible que sea ahí, en los diferentes puntos de vista, en donde esté la gracia del asunto y que una película deba ser el producto de una o de muchas personas, que no puede someterse a una especie de crítica previa para adaptarla a los gustos de unos pocos, por muy entendidos que fueran. De ahí a la censura previa hay un paso y aunque ya se sabe que la censura tuvo o tiene que ver con la acción gubernamental o de grupos de presión social, hay también otro tipo de censura que es la que aplican otros sectores que intervienen en el negocio del cine: productores, distribuidores y exhibidores. Ya recortan, pues, suficientemente estos sectores como para, encima, someter a los creadores a la acción de otros tijeretazos que, aunque fueran bienintencionados, deformarían lo que originariamente se quería decir y, sobre todo, cómo se quería decir, según el leal saber y entender de sus protagonistas.

En todo caso, lo de mi consejo al amigo resulta poco original puesto que ya existe en la industria cinematográfica los visionados previos, a modo de prueba o filtro, en el que algunas películas (supongo que las que tengan mayor presupuesto) se someten al juicio de un público crítico que valora todo y, tras ese pase, se decide si han de cambiarse en algo o no. Así se obró, al parecer, con dos películas conocidas, Troya, en la que el público señaló que su música era inapropiada, y La boda de mi mejor amigo, en la que se rodó una nueva escena para que Julia Roberts no se fuera de rositas cuando quería robarle el novio a Cameron Diaz, su mejor amiga.

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