Tetas y credibilidad


Se pregunta José A. Pérez en su blog sobre las condiciones que dotan a un presentador de credibilidad. Y él mismo se pregunta: ¿La cadencia de la voz? ¿Una mirada serena? ¿Un par de ojos bonitos y unas tetas puntiagudas? Algunos estudiantes de periodismo valencianos confesaban al bloguero que carecían de blogs personales y que no solían escribir habitualmente. Preguntados por las razones por las que estudiaban periodismo, una de las estudiantes le dijo que la mayor parte de la gente de su clase sólo quiere salir en televisión y añadió que “de hecho, varias compañeras ya se han puesto tetas”.

Curiosamente, hace un par de años estuve visitando Valencia y me sorprendió la cantidad de clínicas que ofertaban cirugías estéticas y aumentos de pecho, con fotos de muchachitas antes y después de la operación. Cualquiera que viera esas comparaciones concluiría que entre ambas instantáneas no había color posible al que sustraerse.

Como dice el mencionado bloguero, las tetas son la nueva credibilidad. Pero no sólo las tetas, añado yo. Lo que vende, más bien, es la imagen que capta audiencias y reporta cuantiosos beneficios a las empresas del sector de la comunicación.

V. Verdú, periodista post moderno, que de vez en cuando se hace alguna que otra paja mental bien hilvanada, se mostraba preocupado hace unos años con el peinado de la presentadora que acompañaba a Gabilondo en su informativo (Silvia Intxaurrondo y el peinado). Me permito subrayar algunas frases de lo planteado por Verdú:

Si la contemplación de Gabilondo remite principalmente a la mente de la noticia, su indumentaria debería rematar la sensación. No se gana credibilidad únicamente por los contenidos sino también por el ambiente. No  basta la ascendencia histórica de Gabilondo para trasmitir la verdad en su grado máximo, es necesario que las ropas, a su vez, muestren el efecto de la lana o del algodón puros.

La Intxaurrondo fue hasta ahora mismo una completa desconocida pero ¿quién puede dudar nada más verla que su imagen perdurará, se introducirá en nuestra memoria colectiva, acabará decidiendo en infinidad de casas la sintonía del canal?

¿Por qué la peinan entonces tan mal? Es tentador apostar por que los peluqueros que la arreglan son de una mediocre escuela o que, inseguros ante el encargo, dan manotazos todavía.

El último episodio de la imagen lo hemos tenido con el mundial futbolero. Dos hechos radicalmente diferentes y en absoluto comparables. Uno de alcance mundial, y otro del ámbito del cotilleo provinciano de la época de La Regenta. El ídolo de las masas africanas y mundiales, Mandela, nonagenario admirable que no podía levantar el brazo para saludar, de no ser por su encantadora esposa, se dio un baño de masas simbólico, en peaje de la imagen que le demandaba la Fifa y, supongo, que los propios compañeros de partido en el poder.

A años luz del viejo luchador, una periodista deportiva española ha sido objeto de todo tipo de comentarios y ha tenido más o menos éxito mediático en función de su imagen. ¿Alguien se acuerda de alguna frase que haya dicho esa joven promesa, para unos, o magnífica realidad para otros? ¿Alguien puede repetir alguna opinión emanada de la boca de tan sagaz comunicadora? ¿Qué comunicaba realmente la profesional televisiva? Sea o no achacable a su cadena la ubicación en el campo de juego (su jefe lo niega), lo que ha quedado en el imaginario futbolero es la imagen de la periodista, con todas las connotaciones que se le quiera añadir.

En todo caso, a juzgar por los resultados, y más allá de los meros aspectos deportivos o patrióticos, algo habrá tenido que ver en todo esto el mundo de la imagen en este espectacular evento deportivo.

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