Hace tiempo que dejé de pensar que sólo era en España en donde existen numerosas variedades de pedir un café. Por todo el territorio, en función de la cantidad de café y de leche, cada café tiene su propia denominación adaptándose de esta forma al particular gusto del cliente. Así, junto a las expresiones habituales de cortado o con leche, corto de café o manchado, largo de café, americano, que denotan la cantidad de uno u otro elemento, está el tipo de café, normal o descafeinado, y dentro de este últiumo, de sobre o de máquina.
Pero luego está la forma del recipiente, en taza mediana o normal, en vaso grande o en taza de desayuno. O la temperatura, ora del café (café con hielo), ora de la leche: del tiempo, templada, caliente o muy caliente. O el tipo de azúcar, sin o con sacarina, o con terroncito, o con sobre.
Pero no sólo ocurre por aquí. Cuando se sale afuera, al menos los que no lo hacemos con mucha frecuencia, nos las vemos y nos las deseamos no ya para pedir el mismo producto que tomamos de ordinario, sino, sobre todo, para que nos sirvan lo que realmente queremos. En Francia, Italia, Portugal, Inglaterra… tienen sus singularidades que sólo son captadas a base de prueba y error. Hay que pillarle el tranquillo pero, mientras tanto, se convierte en una odisea atinar con el pedido.
Aunque el asunto no dé para enrrollarse demasidado, cualquier persona que estuviera interesada en hacer un retrato sociológico lo tiene relativamente fácil. Que acuda a un bar, cafetería, chiringuito cualquiera, pongamos a las 10 de la mañana y ponga la antena. La foto sale automática. Y luego, del trabajo de campo pueden extraerse conclusiones del tipo de quién toma qué en mayor o menor medida, quién demanda uno u otro producto, etc.
Por mi parte, no tengo problemas. Hace tiempo que no necesito pedir nada para que me lo sirvan rápidamente. Acudo al mismo bar casi todos los días. El camarero, según entro por la puerta, ya me está sirviendo uno de los míos. Él ya sabe cuál.




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