Rouco


No dan tregua. Son insaciables. Cuando no es la educación es el aborto, cuando no son lo matrimonios gais son las células madre, cuando no es el divorcio son los crucifijos. Y así por los siglos de los siglos. ¡Leña al mono hasta que se convierta!

A mí, la reivindicación de que se puedan casar los curas no me interesa defenderla. Que la misa se haga cara al público, cara a la pared o cara al sol, me trae sin cuidado. Que dejen o no decir misa a las mujeres, allá ellos, y ellas. Que dejen comulgar al dictador y asesino Pinochet y se lo impidan al virtuoso Bono, es el problema de los fieles que aceptan esa flagrante discriminación. Son “sus” cosas. De “su” casa. En la que los no creyentes, ni los comulgantes con su doctrina, nada tenemos que decir.

Es más, “cuando una autoridad religiosa cualquiera, de una confesión cualquiera, se pronuncia sobre problemas que conciernen a los principios de la ética natural, los laicos deben reconocerle este derecho; pueden o no estar de acuerdo con su posición, pero no tienen razón alguna para negarle el derecho a expresarla, incluso si se manifiesta como crítica al modo de vivir de los no creyentes”(*). El problema viene cuando la iglesia quiere imponer a los demás, creyentes o no, sus tesis “totalizadoras”. O se está con ellos, bailándoles el agua (y mira que los gobiernos de la democracia se la bailan, dándoles todo tipo de privilegios, prebendas y exenciones), o, según ellos, se está en su contra. Aquí es donde la reacción de los laicos está más que justificada.

A propósito de los crucifijos, le oigo hablar a Rouco de derechos, de imposiciones, de democracia. A este tipo, insaciable, hay que recordarle continuamente, dada la fragilidad de su memoria, que ha sido un tribunal europeo de derechos humanos, con sentencias de obligado cumplimiento para toda la Unión, quien ha dictaminado la no obligatoriedad del crucifijo en las escuelas. Pero, sobre todo, que los no pertenecientes a “su” comunidad también tienen derechos, que él y lo suyos se empeñan sistemáticamente en negar. Sólo hay derechos para los católicos. Los demás, a tragar. Y si no, a la hoguera. 

(*) La frase es de Umberto Eco.

  1. #1 by drywater on 9/Diciembre/2009 - 19:19

    El problema es que luego querrán celebrar la Navidad en los coles y tendrán que negarse porque es una fiesta tradicional y religiosa. Personalmente creo que los crucifijos deberían quedarse sin dar tanto mal, igual que podrían coincidir manifestaciones de otras religiones con respeto entre todas y sin prohibiciones. La escuela debería integrar culturas, no excluírlas.

  2. #2 by Cardo on 9/Diciembre/2009 - 21:03

    Sobre lo que dice Drywater: no me parece apropiado que los niños estudien -o jueguen o hagan el ganso- en un aula presidida por un tipo práctciamente desnudo y torturado.
    Que en un aula pueda haber paneles informativos sobre religiones o muestras artísticas religiosas, perfecto, como si hay mapas o fotos de fanerógamas y criptógamas. Pero no es de eso de lo que se habla, sino de un tipo en taparrabos y torturado presidiendo la clase, por encima incluso de la posición del docente en el estrado.
    Si los obispos se ponen nerviosos es precisamente porque eso sí importa.

  3. #3 by Jesus Rocha on 11/Diciembre/2009 - 11:46

    Dios para los creyentes, y paz para los demás mortales. Cuando esos dioses quieren crecer, sólo traen guerras. Cada dios con su creyente, y no deben ser compartidos. ¡Qué afán de querer convencer o mostrar a sus dioses como un tesoro común!… Para tener poder, el poder es el diablo, luego dios y diablo deben ser la misma persona, dos caras de una misma moneda.

  4. #4 by paquita on 11/Diciembre/2009 - 23:03

    La “espiritualidad” es un acto íntimo que cada cual aplica como “le viene al gusto” y será respetable siempre que respete.
    O sea, crucifijos en la escuela… NO
    En las casas particulares… cada uno de los miembros… si los demás no se ofenden y, además, lo admiten… ellos mismos.
    ¡Vaya! es que tenía que opinar: PAQUITA

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