Una cosa positiva cuando se lee a los filósofos es que te hacen pensar. Suelen aportar un enfoque particular, filosófico obviamente, en el que tú no has caído, dadas tus cortas luces. O si has caído, no lo has racionalizado sistemáticamente, epistemológicamente, que dicen ellos. Con los filósofos podrá o no estarse de acuerdo con lo que plantean, pero si se discrepa de ellos (no sé por qué hay menos filósofas, o quizás sea que yo conozco menos), habrá que atarse los machos para argumentar en su contra: su nivel de razonamiento seguramente dejará exhausto al contrincante dialéctico.
Por ejemplo, pongamos por caso un tema en apariencia baladí: la mirada. Un veedor, aunque pobrecito, tiene por costumbre fijarse en estas cosas. Hace unos días publiqué unos versos de Fernán-Gómez que hablaban de la mirada enamorada: “No existo si no me ves,/ no existes sin mi mirada”, o “Ni tu mirada es mirada / si no vale para verme”. Cada cual sabe el valor de la mirada, la propia y la ajena. Incluso alguna vez, puede haberse comentado o pensado sobre su influencia o consecuencias. Pero cuando te teorizan sobre ello, de un modo ordenado, omnicomprensivo, te das cuenta de lo poco que sabes o has podido reflexionar sobre el particular.
Y en estas estábamos cuando a uno de estos filósofos, Alba Rico, le leí hace algunos días una entrevista en la que hablaba de la importancia de la mirada. Decía cosas como éstas:
En general, cuando analizamos una relación de dominio, prestamos atención a las armas, a las instituciones y al lenguaje, olvidando que todas las jerarquías se deciden también, y se refuerzan, al nivel de la mirada. Toda relación de poder es una relación visual. En términos cotidianos basta pensar en las aduanas, las consultas médicas o las entrevistas de trabajo (por no hablar de las salas de tortura), donde son los flujos unilaterales de la mirada los que confirman una desigualdad radical. Salvo los enamorados, que tienen el permiso de mirarse recíprocamente y sin peligro, con absoluta desvergüenza, las relaciones entre sujetos -las de sujeción- buscan sobre todo hacer bajar los ojos a los otros. El poder, cuando no es democrático, se asegura al mismo tiempo el derecho a la invisibilidad y el derecho a penetrar con la mirada en todas partes. Y por eso, como he escrito alguna vez, el mundo puede dividirse, sí, entre hombres y mujeres, entre libres y esclavos, entre ricos y pobres, pero también, en un corte casi superpuesto, entre mirones y mirados, entre los que miran y los que están ininterrumpidamente expuestos a la mirada ajena.
Y cuando le preguntan por la consecuencia de mirar como miramos, dice:
La mirada del poder absoluto, del poder siempre actual y soberano es hoy la del piloto de un bombardero: mira desde el aire, como Dios, y en el acto mismo de mirar borra de la faz de la tierra el objeto que está mirando. No puede dirigir la mirada sin destruir lo que mira y sólo mira para privar de existencia al objeto de su mirada. Es exactamente lo contrario que hace el amor. Pero en este sentido hay que decir que lo contrario del amor es precisamente la mercancía; el hecho de que todo aparezca ante nuestros ojos -armados ahora de dientes- como objeto de consumo o, lo que es lo mismo, de destrucción. Sólo miramos lo que nos vamos a comer y mirarlo es ya incorporarlo a nuestro sistema digestivo, a una velocidad tan vertiginosa que ni siquiera las casas o las montañas permanecen en pie más que un instante.




#1 by paquita on 11/Diciembre/2009 - 22:51
“en este sentido hay que decir que lo contrario del amor es precisamente la mercancía; el hecho de que todo aparezca ante nuestros ojos -armados ahora de dientes- como objeto de consumo o, lo que es lo mismo, de destrucción. Sólo miramos lo que nos vamos a comer y mirarlo es ya incorporarlo a nuestro sistema digestivo, a una velocidad tan vertiginosa que ni siquiera las casas o las montañas permanecen en pie más que un instante”.
EFECTIVAMENTE, sin amor no hay aprecio/respeto, por las cosas/personas/lo que sea. Lo otro está ahí para ser expoliado por quien tenga poder suficiente para hacerlo.
Mientras, los amantes de ello, yo/tú/nosotros, clamamos por su salvación, que es la nuestra ¿clamamos en el desierto?
Quiero pensar que no, que todo sirve, que algo queda, que debemos continuar en el empeño.
Besos emocionados: PAQUITA