Alguna vez he escrito por acá sobre la abstención que se produce en los procesos electorales y en lo poco que se preocupan los políticos por atajar las causas que la producen, más allá de su cara compungida y sus frases huecas que duran no más de dos días y hasta la próxima. Estoy seguro de que muchos abstencionistas tienen sus razones, más que legítimas, para no participar en un juego que consideran adulterado o, sencillamente, porque pasan (olímpica o pasotamente) de entrar por el aro. La actitud de muchos próceres, la verdad sea dicha, es para mandarlos a freír espárragos.
Sin embargo, es muy curioso el comportamiento que observo en general. Cuando cualquier periódico publica una encuesta, con 500, 800 o 1000 entrevistas, concluyendo que si hubiera ahora elecciones ganaría el partido tal o perdería el partido cual, nadie se escandaliza, y todo el mundo da por buena la predicción que extrapola a treinta y tantos millones lo que opinan menos de mil. Cuando es una comunidad la que se manifiesta por boca de la mayor parte de sus representantes, o vota mayoritariamente por el sí en un referéndum, aunque fuera con una abstención altísima, muchos corren a ponerle pegas a esas opiniones mayoritarias, deslegitimándolas por insuficientes y por no tener en cuenta la opinión de los silentes, que éstos sí que saben lo que se debe hacer en todo momento.
Me da a mí que, salvo que las ciencias sociales hayan cambiado mucho y yo no me haya enterado, una muestra al azar de mil encuestados no puede tener más valor que una muestra al azar de un millón. Por mucho que se discrepe con lo que vote el millón.



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