Socialismo con pachanga

Mientras Obama discursaba sobre derechos humanos y daba consejos bienintencionados a los cubanos, en el otro extremo de la isla, 100 de los 166 prisioneros que habitan la base militar de Guantánamo (la mayoría de ellos llevan más de 10 años encerrados sin cargos) secundaban una huelga de hambre en celdas de aislamiento debido a altercados con los guardias. Acabo de ver en Sundance Channel una película, Camp X-Ray, que describe las condiciones en que viven los reclusos o detenidos, como quieren los norteamericanos que se les llame para que les sea de aplicación los derechos que contempla la convención de Ginebra. ¿Se puede hablar de derechos humanos sin inmutarse y mantener esa ignominia carcelaria que el propio presidente prometió hace años dar por concluida? Al parecer, sí. En la rueda de prensa conjunta de los dos presidentes, Castro respondió como supo, o pudo, o quiso, a la inevitable pregunta sobre los presos políticos (más tarde justificaría la falta de algunos derechos humanos en Cuba con la ausencia de los mismos o de otros  derechos en otros países). Pero nadie le preguntó a Obama por Guantánamo. El deshielo, los intereses comunes y la realpolitik tienen esas cosas.

Extracto del artículo de Silvio Rodríguez, Mi familia y Obama:

“Se suele olvidar que este litigio terrible empezó porque nuestros vecinos no soportaron que decidiéramos qué hacer en nuestra propia casa. Estaban acostumbrados a que aquí se hiciera lo que ellos querían. Y haciendo bien patente su disconformidad, no sólo nos negaron el habla sino que nos hicieron la guerra.

Aquella causa nos apartó violentamente de lo que hubiera sido nuestra vida de pueblo aguerrido pero pacífico, mitad trabajador, mitad tarambana. Aquella causa nos obligó a tomarlo todo con más drama que choteo, nos mostró y nos acercó como nunca a las razones de la hormiga. Aunque debajo seguía bullendo aquella cosa juguetona nuestra que a principios de los 80 llevó a un amigo a confesar lo mucho que le gustaba nuestro “socialismo con pachanga”.

Quién sabe si ha llegado el momento de intentar empatarnos con lo que no nos dejaron ser, con lo que fuéramos de haber tenido un vecino más respetuoso y amable. Y digo quién sabe porque obviamente no todo el futuro depende de nosotros y porque, además, por más que fuera deseable ya no somos los mismos.”

Parar la catástrofe

Un profesor de derecho constitucional, sevillano para más señas, Joaquín Urías, de quien ya me hice eco en este blog hace algún tiempo (La sartén y la alcuza), ha estado recientemente en la isla de Lesbos, donde ha colaborado durante 10 días en la acogida de los refugiados que vienen huyendo de las guerras en Siria, Irak y Afganistán. Reproduzco buena parte de su estremecedor relato (En la piel de los refugiados) para que no se pierda la conciencia de que, aunque ya casi no se hable de ellas, miles de personas llegan diariamente a las costas europeas en unas condiciones terribles de supervivencia y para dejar constancia de que hay compatriotas nuestros, como Urías, o los bomberos sevillanos, o tantos otros, que se sienten obligados, por sus convicciones, a echar una mano en este drama humanitario.

“Desde que se ve una barca cerca de la costa grupos de voluntarios intentan hacerle señales para que no se dirija a una de las abundantes zonas de rocas de la isla de Lesbos. Algunos valientes incluso se meten hasta muy lejos en el mar, nadando, para agarrar las lanchas y conducirlas a la buena orilla. Es el momento más delicado. Los refugiados gritan y se agitan y es fácil que vuelque la embarcación. Con un poco de suerte se consigue evitar y finalmente se acerca a la playa. Los voluntarios hacemos un pasillo que se mete en el agua hasta la proa de la barca y las personas van saltando. La mayoría vienen ya mojados antes de entrar en el agua. En todas las barcas vienen niños y algún bebé. Hay mujeres con un ataque de nervios que no paran de gritar de pánico y a las que tenemos que sacar prácticamente en volandas. Los bebés vienen metidos en salvavidas de juguete que no servirían para protegerlos ni en una piscina; les chorrea el agua del mar por la cabeza y a veces están tan empapados y helados que incluso tardan en llorar.”

“Al poco los refugiados, con la mirada perdida, andando a pasos cortitos y envueltos en mantas, llegan al campo de Moria donde van a pasar los próximos días. Son colinas de olivares en las que se han levantado algunas tiendas y se sobrevive de mala manera. Apenas hay letrinas; las tiendas de campaña no están preparadas para el invierno, a pesar de que estos días se llega a cuatro grados bajo cero, y la única calefacción son unos bidones vacíos en los que los voluntarios mantienen fogatas encendidas.”

“Sólo podremos detener este drama si somos capaces de ponernos en el papel de los refugiados. Si logramos imaginar cada detalle de la huida de estas familias que lo dejan todo y se juegan la vida propia y la de los suyos. Sólo cuando seamos capaces de sentir en nuestra piel el miedo y la pena y el dolor íntimo de cada uno de los refugiados estaremos en condiciones de salir a la calle, hacer algo y parar entre todos de una vez esta catástrofe que desgarra Europa.”

 

De corrupción

Se quejaba hace unos días Isaac Rosa en un tuit de que en 8 años escribiendo opinión solo le habían criticado con tanta dureza por un par de artículos sobre P. Iglesias. Por haberme zampado sus libros (me parece un escritor extraordinario) y leer asiduamente sus artículos en eldiario.es y su relato mensual en La Marea, considero que es uno de los periodistas de opinión más honrados que conozco y sus análisis suelen ser atinados y rigurosos. Aunque nunca ha ocultado sus preferencias políticas, es uno de los más críticos con las gentes que se les supone próximas y cuando hay que darles estopa, lo hace pero eso sí, con educación y con respeto. Sin hablar de pitufos ni de ratones. Hoy le toca al enésimo caso de corrupción conocido como operación púnica. Y no deja títere con cabeza, ni de PP ni de PSOE. Su artículo (Esto se ha hecho toda la vida) es altamente recomendable. Les adelanto sus dos párrafos finales:

“Pero si uno coge todos los casos de las últimas décadas, todos los empresarios implicados, todos los políticos pillados, todos los conseguidores, intermediarios, comisionistas, facilitadores, socios, hombres de paja, tesoreros, colaboradores necesarios, esposas cómplices y familiares enriquecidos, y los pones a todos juntos, sin separarlos por tramas, y luego unes los puntos, el resultado es una extensa y tupida telaraña que cubre el país de una punta a otra, que ensombrece amplias regiones y que se enmaraña en algunas zonas calientes.”

“No hablo ya de corrupción estructural, ni sistémica, ni cultural. Es más bien una rutina, un “de toda la vida”, una tradición más española que la siesta. Si no es así, ya me explicarán cómo es posible que hace solo unos meses, en 2014, después de todo lo llovido en los últimos años, con la sensibilidad social y la vigilancia mediática y policial en máximos, hubiese varias decenas de granujas repitiendo los mismos viejos comportamientos, hablando con la misma soltura por teléfono como si no existiesen pinchazos, y encontrando con toda facilidad alcaldes, consejeros y empresarios dispuestos a pringarse. Y la seguridad de que hoy mismo, mientras escribo estás líneas, habrá otros pillos riéndose por teléfono, alcaldes recibiendo a conseguidores, compinches yéndose de putas, y todos diciéndose con alborozo: “esto se ha hecho toda la vida”.”

Enaguas y collares

Decía una vieja canción que a la Virgen del Rocío, como es tan alta, se le ve por debajo la enagua blanca. Y por arriba, y por arriba, continuaba la letrilla, se le ven los collares de perlas finas. Velahí. A la ministra Báñez, no sé si utiliza esa prenda femenina en desuso, pero el plumero de intenciones que esconde debajo de su piel se le nota cosa fina. Y los collares, o sea, los abalorios que la identifican con la clase social a la que representa y defiende con reformas laborales decimonónicas, ni te cuento.

Pues bien, a principios de año, los y las pensionistas recibieron una carta en su domicilio de la señora ministra de Empleo (sic). Es un anticipio de la propaganda que espera a toda la ciudadanía de aquí a diciembre. Loor, gloria y botafumeiro para las políticas nefandas del PP, publicitadas con dinero público en formato de carta postal o de vídeo promocional como las únicas posibles que traerán felicidad, empleo y perdices, muchas perdices al común de los mortales… que se lo crean.

Cualquiera que haya leído esa carta se habrá indignado, si cabe todavía, un poco o un mucho más. Como no quiero echar demasiados sapos y culebras en este blog, tan políticamente incorrecto, acudo al acuse de recibo que le hace a la ministra del ramo (del ramo de la Virgen del Rocío, digo) una periodista: Rosa Mª Artal (Carta a la Ministra Báñez con texto alternativo a su misiva). Les transcribo unos parrafitos de su contestación, cuya lectura íntegra recomiendo:

“El crecimiento de empleo del que Vd. presume no llega a enjugar la destrucción que su gestión y la de su partido han ocasionado. Hoy todavía hay más paro y  menos personas trabajando que cuando Vd. accedió al cargo. Menos población activa porque han tenido que emigrar. Y su Reforma laboral ha precarizado el trabajo y los derechos de todos los españoles asalariados. El empleo creado es precario al límite. Vd sabe que su gobierno anota como “trabajo” los contratos a tiempo parcial y temporales, incluso los de unas horas a la semana y una sola semana. Esos detalles una persona honesta debería contarlos para que cualquiera se hiciera una idea exacta de la cuestión.”

“Adular a personas que, tras toda una vida trabajando, tienen derecho a una pensión y a unos servicios sociales que su partido está cercenado, con el cuento del apoyo que representan para sus familias, es ya mezquino. Los impuestos cotizados durante años deberían servir –y de hecho sirvieron hasta que el PP llegó a la Moncloa- para poder tener acceso a los servicios sociales básicos, ecuación, sanidad sin copago, etc, ya sabe. Para comer y vestir también. El colchón familiar es tercermundista, máxime cuando –como le digo-, con lo pagado previamente, nos podíamos haber hecho uno de esos que cuestan más que un coche, ubicado en un palacete o casa solariega como las que disfrutan varios de sus colegas de partido.”

“Porque lo que ya es el colmo absoluto es presumir de un incremento miserable de las pensiones que además esconde la pérdida real de poder adquisitivo. Ya se estipuló así desde el comienzo, cuando decidieron utilizar otros baremos distintos a la revaloración con el IPC, usando los subterfugios adecuados para que algunos lo engulleran también. Dado como la vemos riendo y dando saltititos cuando charla con la Virgen del Rocío, tengo la sensación de que también se divierte mucho con estas pequeñas trampitas. No lo creerá pero hacen daño a la gente.”

Seres humanos sin caparazón

Por su interés, reproduzco íntegramente el artículo de Santiago Alba Rico, Arrancar los caparazones a las tortugas:

Juguemos, por ejemplo, a inventar nuevas especies. Inventemos tortugas sin caparazón, mariposas sin alas, luciérnagas sin luz, seres humanos sin techo. La ciencia podría intentar esta hazaña genética y, entre tanto, dejar la tarea en manos de los bancos, los gobiernos y la policía: la combinación de una orden judicial y un poco de mano dura podría poner en marcha una operación que peinara bosques y montes y arrancara los caparazones a las tortugas, las alas a las mariposas, los farolillos a las luciérnagas. ¿No nos parece una idea atroz? Pero lo cierto es que con los seres humanos ya se hace. Hace unos días a una anciana de 85 años, Carmen Martínez, le arrancaron el alma, con armarios y todo, el caparazón, las alas, la luz, y la dejaron en la calle convertida en carne cruda. En 2012 hubo -así los llaman- 517 desahucios al día. Sólo en el primer trimestre de 2013 19.500. En los tres primeros meses de este año 2014 eran ya 26.500 familias las que habían sido obligadas a entregar su humanidad a la banca, en virtud de lo que de manera muy elocuente se denomina una “ejecución hipotecaria”. José Miguel, Amaia, Francisco, Inocencia, Victoria y otros muchos, mutilados de puertas y ventanas, mancos de techo, se quitaron además la vida.Digamos la verdad. Una tortuga sin caparazón deja de ser una tortuga. Una mariposa sin alas deja de ser una mariposa. Una luciérnaga sin luz deja de ser una luciérnaga. Los humanos no tenemos ni caparazón ni alas ni luz propia: tenemos derechos. Y privar de sus derechos a un ser humano es como privar a un vertebrado de sus huesos. Tenemos los huesos fuera: se llaman escuela, hospital, mesa, techo. Se llaman Parlamento, tribunal, leyes, techo.

Pero digamos la verdad. En este mundo es más fácil y menos escandaloso arrancar el caparazón a una anciana que a una tortuga. En este mundo es más grave arrancar las alas a una mariposa que los derechos a una madre o a un jubilado. Nuestros derechos no se imponen solos, como se impone la tortuguidad de una tortuga o la mariposidad de una mariposa. Nuestra humanidad está fuera, a merced de los bancos y los gobiernos, y por eso sólo podemos defenderla -la humanidad humana, nuestro caparazón, nuestras alas y nuestra luz- transformando la economía, la política y las leyes. Esa tarea es la más urgente; esa tarea común es ya -urgencia del vertebrado hacia los huesos- la afirmación de la tortuga, la mariposa y la luciérnaga que llevamos dentro. Esa tarea es – si se quiere- nuestro humano techo colectivo.